martes, 22 de agosto de 2017

Los restos del día, de Kazuo Ishiguro (edición de Anagrama)

Con la contención y las medias palabras propias de un inglés típico (que quizá puede ser también la austeridad sentimental de un japonés corriente, teniendo en cuenta la ascendencia de Ishiguro), mister Stevens, al servicio de Darlington Hall, una importante mansión, reflexiona sobre la condición de mayordomo mientras disfruta de unos días de vacaciones que va a aprovechar para visitar a su antigua compañera de trabajo, el ama de llaves miss Kenton con la excusa de recuperar sus servicios.  Nos encontramos en 1956. El mundo que Stevens ha conocido, con todo el boato de las grandes mansiones, ha desaparecido. Lord Darlington ha fallecido. La casa y el propio mayordomo han sido adquiridos por un adinerado norteamericano que busca una genuina mansión inglesa y un criado a la antigua usanza.
A través de sus recuerdos, muchas veces aparentemente anodinos, Stevens transmite su cosmovisión: el sentido de la responsabilidad que su padre le transmitió le ha llevado a permanecer fiel a su señor, lord Darlington, durante treinta años, olvidándose de su propia vida, de sus propios afectos, con el fin de servir a una causa que creía noble y que iba a contribuir a la paz de Europa. Por la gran mansión desfilaron importantes personalidades que protagonizaron el ambiente prebélico de los años treinta intentando evitar una segunda guerra mundial. Lord Darlington, excombatiente de la Gran Guerra, reunió al embajador alemán de Hitler con políticos europeos a fin de intentar compensar las duras condiciones impuestas por el Tratado de Versalles. Los alemanes se aprovecharon de su buena voluntad y su falta de profesionalidad para utilizarlo en la defensa de sus intereses, lo que finalmente le costó el rechazo y la crítica. Así, Stevens, que se enorgullece de su "dignidad", que le ha llevado a entregar su vida a la causa defendida por su señor, ve que todo ha perdido su sentido porque lord Darlington ha elegido el camino equivocado ("Durante todos aquellos años en que le serví, tuve la certeza de estar haciendo algo de provecho. Pero ahora ni siquiera puedo decir que me equivoqué", p. 251). Criado y señor han unido su destino, pero el criado nunca deja de serlo por más que intente asimilarse a su amo.
Finalmente, Stevens, que ha ido desgranando pequeñas anécdotas en primera persona mientras viajaba en coche hacia Cornualles, se encuentra con miss Kenton y así confirmamos que han dejado su vida escapar, que han perdido sus mejores años y que lo que queda del día no parece muy prometedor, aunque hay que seguir adelante ("Basta con que intentemos al menos aportar nuestro granito de arena para conseguir algo noble y sincero", pág. 252).
Además de la recreación del período de entreguerras, lo más destacable de esta novela es precisamente la contención, el retrato de este mayordomo que por mostrar dignidad, por ese sentido del deber que ha regido su vida, ha renunciado a mostrar sus sentimientos ("se trata de no desnudarse en público", p. 218), a despedirse de su padre, al amor, a todo lo que podía dar sentido a su vida. Es, por tanto, también una reflexión sobre la incapacidad de vivir de algunos seres humanos y eso hace a esta novela universal y necesaria.
La película Lo que queda del día refleja muy bien el ambiente, la atmósfera de esta novela, con los magníficos Anthony Hopkins y Emma Thompson.

jueves, 13 de julio de 2017

De corazón y alma. Correspondencia entre Carmen Laforet y Elena Fortún (1947-1952)

La amistad de Elena Fortún y Carmen Laforet es un pequeño milagro -aunque comienzan a escribirse en 1947, Carmen hablaba en su interior con la autora de Celia desde los siete años- que llega a su última fase con la publicación de este epistolario. Como señala Cristina Cerezales Laforet al comienzo del libro, encontrar las cartas que su madre le había enviado a Elena Fortún fue totalmente azaroso, un hecho totalmente inesperado, tras una infructuosa búsqueda. Así pudo completarse este epistolario que no solo habla de las dos escritoras sino también de la época que les tocó vivir, unos duros momentos de la historia de España que cercenaron los anhelos de Elena y la libertad de Carmen, aunque ellas intentaran convertir ese sufrimiento en camino de pureza. 
Encarnación Aragoneses, Elena Fortún, aparece en estas cartas como un ser inteligente, profundo y generoso capaz de convertir las percepciones más sutiles en palabras sencillas, con la misma facilidad con la que disecciona toda una época a través de su personaje, Celia.  Durante su estancia en el hospital, unos meses antes de morir, maltratada por el dolor, es capaz de disfrutar de la naturaleza, de las pequeñas cosas, y trasladárselo así a Carmen Laforet: "Hoy está nublado. Aquí las nubes no vienen de arriba sino que brotan del bosque y van separándose de los pinos con esfuerzo, como si se arrancaran. De pronto todo el bosque se exalta como si brotara de él su alma y una masa blanca se adelanta hacia mi ventana dejándome dentro de una nube. Ocurre casi todos los días y a veces varias veces. Al fin sale el sol y todo se hace de oro" (p,74). Destaquemos esta otra reflexión tan sutil y llena de verdad: " ¿No crees que los niños viven casi siempre en ese Reino? Yo recuerdo mi infancia y mis sensaciones frente a la naturaleza, y en mi casa, y todas las pequeñas cosas que yo tenía, estampas, libros, y todo estaba impregnado de una felicidad, de una beatitud muy semejante a la que a veces produce una obra de are, pero más deleitable. Luego solo el sufrir nos puede tornar a ello, pero creo que el sufrir material sirve menos" (p. 102). Carmen, esa joven escritora de éxito que mostró una rara madurez en su novela Nada, aparece como un ama de casa-madre-escritora desbordada a veces, insatisfecha siempre con sus nuevas novelas, en una actividad intelectual a veces necesaria y otras despreciable: "¿Por qué escribirá uno? (...) Yo escribo artículos -que no me gusta hacer- para ganar dinero, esto es exacto. Escribo una novela procurando que dentro de su modesta categoría quede todo lo bien que yo pueda hacerla...., pero absolutamente convencida de que esta labor mía no da ni quita un ápice de espiritualidad al mundo, de que para nadie es importante; y yo me entrego a ella a sabiendas de sus muchos defectos, de sus enormes lagunas, de su mezquina talla (...) Me sirve de huida de mis malos fondos revueltos" (p. 39). Su cariño por Elena Fortún destaca en estas cartas, sencillas, sinceras, que son, como ella dice, las que podría escribir una hija a su propia madre.
Al comienzo de esta amistad, vemos la admiración mutua. Pronto va surgiendo el cariño (Elena le habla de usted a la joven escritora mientras que esta la tutea): "Su divina humildad diciendo  (¡usted que es en estos momentos la primera escritora española!) que aprendió a escribir de mí... me conmueve hasta los huesos. Y no por ser yo quien escribió esos libros que usted leía cuando era chica, sino por esa pureza de alma que le hace decirlo" (p. 29).  La vieja escritora aconseja a su amiga, siempre desde la precisión lingüística y ese "gracejo" que tanto le alaba Carmen Laforet: "Además un hijo... Es como si las entrañas manaran miel durante el tiempo que son un rollito de carne..., y luego cuando ya andan, y los primeros sonidos que aún no son palabras..., y la risa que resuena dentro de nosotras haciendo eco... Querida Carmen, tiene usted unos maravillosos años de felicidad por delante. Luego, Dios dirá" (p.30). 
Elena está en Buenos Aires, exiliada con su marido, pero allí vive bien, cree que mejor de lo que viviría en Europa. Ella trabaja como bibliotecaria. Al mismo tiempo, escribe para la editorial Aguilar, aunque en España le cuesta mucho publicar: "Mi último libro en España fue recogido por la censura (se refiere a Celia en la revolución, que no fue publicado hasta la década de los 80) luego de estar en los escaparates. Ahora han prohibido Celia en el colegio y para seguir publicando el resto ha sido preciso hacerles varios cortes" (p.30). En el momento en que comienza esta relación epistolar, Fortún está escribiendo El cuaderno que olvidó Celia, sobre su preparación para tomar la primera comunión. 
En 1948 Elena Fortún vuelve a España para gestionar el regreso de ella misma y de su marido, represaliado ("...en España, donde se ha parado el tiempo y lo que no es legal es pecado"). Es entonces cuando conoce personalmente a Carmen Laforet. Durante su estancia en España, su marido se suicida, lo que precipita el regreso a Buenos Aires. Allí "el día entre estos quehaceres y la lectura se me pasa sin sentir, pero en cuanto empieza a anochecer, el estupor de que mi marido no esté me paraliza y solo quiero dormir para irme de este mundo" (p.34).  Decide irse unos meses a Nueva York con su hijo y finalmente vuelve a España, a Barcelona, donde de nuevo tiene un encuentro con Carmen. 
Elena, sola, sigue escribiendo para Aguilar, que le propone una serie de libros titulada "Cómo cría y educa Celia a sus hijos". Empieza a documentarse, pues no se siente preparada para hablar de educación,  pero no podrá seguir, la enfermedad se apodera de ella. Desde su cuarto de la calle Lauria, lee a Carmen en la revista Destino y escribe Patita y Mila, estudiantes y Los cuentos que Celia cuenta a los niños. Laforet publica al fin La isla y los demonios. Su amistad con Lilí Álvarez la va llevando por el camino de la religión. Finalmente, escribe exaltada a Elena porque ha tenido una revelación mística (será la que la llevará a escribir La mujer nueva), "que hay dentro de uno, por mucho que cueste, una salvación" (p. 117). 
Las últimas cartas son conmovedoras. El sufrimiento físico de Elena Fortún es cada vez mayor. Cuenta, eso sí, con la amistad inestimable de Carolina Regidor, la hija de su primer ilustrador y antigua novia de su hijo. Carmen tiene graves dificultades económicas, pero ha encontrado la alegría. Siguen las recomendaciones de libros e incluso la crítica literaria: "Hay que purificar esa filosofía existencialista que se está metiendo en la novela de ahora", dice Elena. Hablan de amigas comunes, de escritoras como Carmen Conde o Elena Quiroga. La correspondencia finaliza en el mes de enero. Elena Fortún volvió a un hospital de Madrid, donde murió el 8 de mayo. "Nada de esto tiene importancia. Hay que morir de lo que sea... de la enfermedad de la muerte que decía Santa Teresa" (p.113). 


miércoles, 5 de julio de 2017

Luis Landero, La vida negociable

La última novela de Luis Landero es un relato oral narrado en primera persona por un antihéroe, Hugo Bayo, que debe mucho a la novela picaresca. Este pícaro moderno tiene unos orígenes deshonrosos -su madre le es infiel a su padre y este estafa para mantener el nivel de vida de la esposa- que sus propios progenitores le confiesan, lo que provoca la pérdida de la inocencia. Al dejar en sus manos un arma tan poderosa como el secreto, despiertan sus instintos más adyectos, lo envilecen ("Tenía la vaga intuición de que algo esencial estaba ocurriendo en mi vida, y de que justo esa tarde había empezado a decirle adiós a los últimos vestigios de mi niñez. Y quién sabe si ahora empezarían a salir a la luz las grandes cualidades secretas que había dentro de mí", p. 33). Como en la novela picaresca, tenemos solo el punto de vista del pícaro, pero entrevemos la verdadera realidad (Hugo podría haber rechazado la indignidad, Marcos ¿salió indemne de la agresión?). Los episodios por los que va transcurriendo la vida de Hugo lo van degradando, le van "enseñando" a sobrevivir, pero siempre termina estrellándose porque sus sueños, sus expectativas chocan con la vida, con la fatalidad. Así, va pasando el relato por distintos géneros literarios, como lo hace la vida, por el drama, en su primera parte; por la comedia, durante la etapa de peluquero militar; por el folletín, la tragedia, la novela policíaca... Hugo huye de su profesión, que detesta, pero el sino lo lleva una y otra vez a acatar su fatalidad: es un excelente peluquero.
Al comienzo de la novela, y al final, vemos que el protagonista ha narrado a sus "pelucandos" su vida para intentar encontrar un sentido ahora que está esperando un hijo, que tiene otra oportunidad, al menos aparentemente ("Vi al niño inocente que fui, no corrompido aún, y luego al joven de ojos pérfidos y alma de diablo en que me convertí después (...) Arrimado a la pared, me quedé espantado de mí mismo", p. 290). El final abierto de la novela en realidad deja entrever la tragedia: Hugo y Leo tendrán que negociar con la vida si quieren ser felices porque están condenados por una culpa original. 
El tono intrínsecamente pesimista de la novela, muy quevedesco, habla de la farsa que es la vida, al mismo tiempo maravillosa, por lo que el humor está muy presente. Hay episodios hilarantes, sobre todo los relacionados con su actividad como peluquero, por ejemplo, la conversión de la ferretería en una peluquería. Hay episodios de una sensualidad desbordante, como los relacionados con la hirsuta coronela. En todos surge el engaño, la mentira, el falso amor, las ilusiones perdidas (ser actor, merecer el amor de Olivia, hacerse campesino, abarcar todo el saber humano...), la búsqueda desesperada de un sentido para la vida. El encuentro final con los padres impide el perdón. La vida es negociable, pero no es fácil negociar con ella. 

martes, 13 de junio de 2017

Luis Landero, El balcón en invierno

Cuando me eligió esta novela en la librería, no sabía muy bien lo que tenía entre manos. Sabía que era la obra de un gran escritor, colega además, y, sobre todo, me impulsó a comprarla la portada, esa imagen de la abuela y el nieto que tanto se parece a las fotografías más antiguas que guardo en casa. No sabía que leería dos veces seguidas el relato, como buscando saciar una sed infinita, como apurando la copa, temiendo haberme dejado algo olvidado, como intentando fijar las palabras, no las imágenes, que esas ya me habían quedado impresas la primera vez. 
Esta novela, esta "deshilvanada y verdadera historia de recuerdos" es autobiográfica y a la vez universal porque Landero comparte su remordimiento "una pesada culpa que cargaré para los restos" (p.39), que es un sentimiento de todos; pero también es local y de nuestra historia reciente, de un tiempo ya desaparecido y a vez muy cercano: "En efecto, las cosas han cambiado tanto desde mi infancia que a veces tengo la sensación de haber vivido muchos, muchos años, casi un siglo de historia, o quién sabe si más"(p. 243). Ese mundo campesino que ya nunca volverá surge nítidamente a través del recuerdo y se recrea con humor, con nostalgia: "Un grano de alegría, un mar de olvido". Aparece también la ciudad a la que se trasplantan esas gentes descendientes de hojalateros milenarios. Y es también una novela de iniciación, de cómo un niño mentiroso criado sin libros descubrió el sentido de su vida y por fin pudo convertirse en el hombre de provecho que deseaba su padre. Todo ello siguiendo un itinerario entre tradicional y absurdo: la tienda, la fábrica, el tablao flamenco, la academia nocturna... Están en ese racimo de recuerdos los seres que dejaron su huella antes de que se los llevara el tiempo: el profesor que sirvió de guía; el primo lleno de proyectos que sabía buscar, incansable, la felicidad; la sombra alargada del padre al que finalmente se comprende y perdona; la abuela Frasca, que dominaba el arte de contar porque lo hacía en los moldes que habían ido fabricando los siglos. Son pequeños retazos de una vida que se escapa "que se vivió, y se soñó, y que si en ese desear y afanarse ningún acto llegó a ser del todo provechoso, tampoco fue del todo en vano" (p.244).
Formalmente, el rico universo lingüístico de Luis Landero recorre todos los registros, todos los tonos, incluido el lenguaje esencial del pueblo ("A los niños, apenas nos dejan intervenir: Tú cállate, que eres muy nuevo", pág. 162). El narrador pasa de la primera a la segunda persona para desdoblarse en aquel joven que dejó atrás en el tiempo y el escritor actual: "Acuérdate de cuando eras mecánico, lo sucio que ibas siempre" (p. 81). Los recuerdos no siguen un orden preciso (cada capítulo está fechado para ayudar al lector), pero finalmente todo encuentra su lugar: la guerra de los mayores, la infancia en el pueblo, la adolescencia en Madrid, el descubrimiento de la poesía ("La poesía me hizo fuerte y me asignó un lugar en el mundo" (p. 87), los hechos antiguos que marcan nuestra vida  ("Y es que a veces el pasado no acaba nunca de pasar" (p.90), el mundo de la farándula, el ambiente mágico de los pueblos, la admiración por el trabajo bien hecho ("El mundo campesino de entonces era a menudo bruto y zafio, y era mucho el trabajo, mucha la miseria, mucha la servidumbre, pero también tenía los refinamientos propios de una cultura milenaria. Entre unos y otros sabían hacer primores con el barro, con el cáñamo, con el esparto, con el mimbre, con el corcho, con as cañas, con las juncias y juncos, con la madera, la piedra y la pizarra", p. 178), los saltos al presente... 
Tened cuidado, si entráis en esta historia, es muy posible que, como yo, no podáis salir. Me estoy pensando una tercera lectura...
(Las citas están tomadas de la edición MaxiTusquets de mayo de 2016).

jueves, 27 de abril de 2017

Pretender no es fingir

Pretender es aspirar a, no fingir o simular

El verbo pretender significa ‘aspirar a algo’ y no ‘fingir’, ‘simular’ o ‘aparentar’, como el inglés to pretend.

Empieza a ser habitual encontrar en los medios de comunicación ejemplos como los siguientes: «Pretender que tu vida es perfecta, aunque las cosas no vayan bien», «Una de las estafadoras pretendió haber resultado herida en la explosión» o «Modelo que ha tenido que pretender que acaba de dar a luz».

El Diccionario académico define el verbo pretender como ‘querer ser o conseguir algo’. Por otro lado, el Diccionario de uso del español de María Moliner matiza y señala que significa ‘aspirar a hacer o que se haga cierta cosa y trabajar o esforzarse para conseguirlo; particularmente, una cosa no fácil o que el que habla considera exagerada o inadmisible’: «Pretende que le pague el viaje».

En cambio, el verbo inglés to pretend tiene, según el Diccionario de Cambridge, el significado de ‘fingir, simular o hacer como si’.

Emplear el verbo español pretender con los significados propios del inglés to pretend es un calco semántico innecesario, porque el español dispone de verbos como fingir, aparentar o simular para expresar ese sentido.

Por tanto, en los ejemplos anteriores habría sido más adecuado decir «Aparentar que tu vida es perfecta aunque las cosas no vayan bien», «Una de las estafadoras fingió haber resultado herida en la explosión» y «Modelo que ha tenido que simular que acaba de dar a luz» (Fundéu).

sábado, 15 de abril de 2017

¿Una España mediocre?

El triunfo de los mediocres

“Quienes me conocen saben de mis credos e idearios. Por encima de éstos, creo que ha llegado la hora de ser sincero. Es, de todo punto, necesario hacer un profundo y sincero ejercicio de autocrítica, tomando, sin que sirva de precedente, la seriedad por bandera.

Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes, con una huelga general, o echándonos a la calle para protestar los unos contra los otros.
Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo. 
Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel.

Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre.

Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.

Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan, alguien cuya carrera política o profesional desconocemos por completo, si es que la hay. Tan solo porque son de los nuestros.

Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre, reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia.

– Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente basura.

– Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un solo presidente que hablara inglés o tuviera unos mínimos conocimientos sobre política internacional.
– Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir, incluso, a las asociaciones de víctimas del terrorismo.
– Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo tres veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado.
– Mediocre es un país que tiene dos universidades entre las 10 más antiguas de Europa, pero, sin embargo, no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir.
– Mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro, que sin embargo, encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un país vecino bromean sobre sus deportistas.
– Mediocre es un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada –cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada.
– Mediocre es un país en cuyas instituciones públicas se encuentran dirigentes políticos que, en un 48 % de los casos, jamás ejercieron sus respectivas profesiones, pero que encontraron en la Política el más relevante modo de vida.
– Es Mediocre un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por políticos que insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza.
– Mediocre es un país que ha permitido, fomentado y celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.
– Es Mediocre un país, a qué negarlo, que, para lucir sin complejos su enseña nacional, necesita la motivación de algún éxito deportivo.
(David Jimenez, periodista)