jueves, 13 de julio de 2017

De corazón y alma. Correspondencia entre Carmen Laforet y Elena Fortún (1947-1952)

La amistad de Elena Fortún y Carmen Laforet es un pequeño milagro -aunque comienzan a escribirse en 1947, Carmen hablaba en su interior con la autora de Celia desde los siete años- que llega a su última fase con la publicación de este epistolario. Como señala Cristina Cerezales Laforet al comienzo del libro, encontrar las cartas que su madre le había enviado a Elena Fortún fue totalmente azaroso, un hecho totalmente inesperado, tras una infructuosa búsqueda. Así pudo completarse este epistolario que no solo habla de las dos escritoras sino también de la época que les tocó vivir, unos duros momentos de la historia de España que cercenaron los anhelos de Elena y la libertad de Carmen, aunque ellas intentaran convertir ese sufrimiento en camino de pureza. 
Encarnación Aragoneses, Elena Fortún, aparece en estas cartas como un ser inteligente, profundo y generoso capaz de convertir las percepciones más sutiles en palabras sencillas, con la misma facilidad con la que disecciona toda una época a través de su personaje, Celia.  Durante su estancia en el hospital, unos meses antes de morir, maltratada por el dolor, es capaz de disfrutar de la naturaleza, de las pequeñas cosas, y trasladárselo así a Carmen Laforet: "Hoy está nublado. Aquí las nubes no vienen de arriba sino que brotan del bosque y van separándose de los pinos con esfuerzo, como si se arrancaran. De pronto todo el bosque se exalta como si brotara de él su alma y una masa blanca se adelanta hacia mi ventana dejándome dentro de una nube. Ocurre casi todos los días y a veces varias veces. Al fin sale el sol y todo se hace de oro" (p,74). Destaquemos esta otra reflexión tan sutil y llena de verdad: " ¿No crees que los niños viven casi siempre en ese Reino? Yo recuerdo mi infancia y mis sensaciones frente a la naturaleza, y en mi casa, y todas las pequeñas cosas que yo tenía, estampas, libros, y todo estaba impregnado de una felicidad, de una beatitud muy semejante a la que a veces produce una obra de are, pero más deleitable. Luego solo el sufrir nos puede tornar a ello, pero creo que el sufrir material sirve menos" (p. 102). Carmen, esa joven escritora de éxito que mostró una rara madurez en su novela Nada, aparece como un ama de casa-madre-escritora desbordada a veces, insatisfecha siempre con sus nuevas novelas, en una actividad intelectual a veces necesaria y otras despreciable: "¿Por qué escribirá uno? (...) Yo escribo artículos -que no me gusta hacer- para ganar dinero, esto es exacto. Escribo una novela procurando que dentro de su modesta categoría quede todo lo bien que yo pueda hacerla...., pero absolutamente convencida de que esta labor mía no da ni quita un ápice de espiritualidad al mundo, de que para nadie es importante; y yo me entrego a ella a sabiendas de sus muchos defectos, de sus enormes lagunas, de su mezquina talla (...) Me sirve de huida de mis malos fondos revueltos" (p. 39). Su cariño por Elena Fortún destaca en estas cartas, sencillas, sinceras, que son, como ella dice, las que podría escribir una hija a su propia madre.
Al comienzo de esta amistad, vemos la admiración mutua. Pronto va surgiendo el cariño (Elena le habla de usted a la joven escritora mientras que esta la tutea): "Su divina humildad diciendo  (¡usted que es en estos momentos la primera escritora española!) que aprendió a escribir de mí... me conmueve hasta los huesos. Y no por ser yo quien escribió esos libros que usted leía cuando era chica, sino por esa pureza de alma que le hace decirlo" (p. 29).  La vieja escritora aconseja a su amiga, siempre desde la precisión lingüística y ese "gracejo" que tanto le alaba Carmen Laforet: "Además un hijo... Es como si las entrañas manaran miel durante el tiempo que son un rollito de carne..., y luego cuando ya andan, y los primeros sonidos que aún no son palabras..., y la risa que resuena dentro de nosotras haciendo eco... Querida Carmen, tiene usted unos maravillosos años de felicidad por delante. Luego, Dios dirá" (p.30). 
Elena está en Buenos Aires, exiliada con su marido, pero allí vive bien, cree que mejor de lo que viviría en Europa. Ella trabaja como bibliotecaria. Al mismo tiempo, escribe para la editorial Aguilar, aunque en España le cuesta mucho publicar: "Mi último libro en España fue recogido por la censura (se refiere a Celia en la revolución, que no fue publicado hasta la década de los 80) luego de estar en los escaparates. Ahora han prohibido Celia en el colegio y para seguir publicando el resto ha sido preciso hacerles varios cortes" (p.30). En el momento en que comienza esta relación epistolar, Fortún está escribiendo El cuaderno que olvidó Celia, sobre su preparación para tomar la primera comunión. 
En 1948 Elena Fortún vuelve a España para gestionar el regreso de ella misma y de su marido, represaliado ("...en España, donde se ha parado el tiempo y lo que no es legal es pecado"). Es entonces cuando conoce personalmente a Carmen Laforet. Durante su estancia en España, su marido se suicida, lo que precipita el regreso a Buenos Aires. Allí "el día entre estos quehaceres y la lectura se me pasa sin sentir, pero en cuanto empieza a anochecer, el estupor de que mi marido no esté me paraliza y solo quiero dormir para irme de este mundo" (p.34).  Decide irse unos meses a Nueva York con su hijo y finalmente vuelve a España, a Barcelona, donde de nuevo tiene un encuentro con Carmen. 
Elena, sola, sigue escribiendo para Aguilar, que le propone una serie de libros titulada "Cómo cría y educa Celia a sus hijos". Empieza a documentarse, pues no se siente preparada para hablar de educación,  pero no podrá seguir, la enfermedad se apodera de ella. Desde su cuarto de la calle Lauria, lee a Carmen en la revista Destino y escribe Patita y Mila, estudiantes y Los cuentos que Celia cuenta a los niños. Laforet publica al fin La isla y los demonios. Su amistad con Lilí Álvarez la va llevando por el camino de la religión. Finalmente, escribe exaltada a Elena porque ha tenido una revelación mística (será la que la llevará a escribir La mujer nueva), "que hay dentro de uno, por mucho que cueste, una salvación" (p. 117). 
Las últimas cartas son conmovedoras. El sufrimiento físico de Elena Fortún es cada vez mayor. Cuenta, eso sí, con la amistad inestimable de Carolina Regidor, la hija de su primer ilustrador y antigua novia de su hijo. Carmen tiene graves dificultades económicas, pero ha encontrado la alegría. Siguen las recomendaciones de libros e incluso la crítica literaria: "Hay que purificar esa filosofía existencialista que se está metiendo en la novela de ahora", dice Elena. Hablan de amigas comunes, de escritoras como Carmen Conde o Elena Quiroga. La correspondencia finaliza en el mes de enero. Elena Fortún volvió a un hospital de Madrid, donde murió el 8 de mayo. "Nada de esto tiene importancia. Hay que morir de lo que sea... de la enfermedad de la muerte que decía Santa Teresa" (p.113). 


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