domingo, 29 de diciembre de 2013

Juan Gabriel Vásquez, El ruido de las cosas al caer


En El ruido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vásquez nos retrotrae al período más violento de la historia reciente de Colombia, cuando Pablo Escobar fundó su imperio, en el que no faltaba ni siquiera un zoológico repleto de animales exóticos que a la muerte de este excéntrico narcotraficante -en 1993-, como un símbolo de su imperio caído, quedó  sumido en el abandono. En esos comienzos, mercadear con drogas era casi un juego inocente cuyos riesgos reales pronto se verían. Poco a poco, Bogotá se convirtió en un escenario sangriento donde mercenarios y traficantes valoraban en muy poco una vida humana. La violencia se fue incrustando en la piel de la ciudad, como se va incrustando en la piel de otras ciudades, de otros países (nosotros sabemos mucho de esto). Las imágenes de los asesinatos llegaban cada día a través de los noticiarios y de los periódicos, convirtiendo lo excepcional en cotidiano. Cada atentado representaba un mojón en el camino de la vida diaria: "Yo tenía catorce años esa tarde de 1984 en que Pablo Escobar mató o mandó matar a su perseguidor más ilustre, el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla (dos sicarios en moto, una curva de la calle 127). Tenía dieciséis cuando Escobar mató  o mandó matar a Guillermo Cano, director de El Espectador (a pocos metros de las instalaciones del periódico, el asesino le metió ocho tiros en el pecho). Tenía diecinueve y ya era un adulto, aunque no había votado todavía, cuando murió Luis Carlos Galán, candidato a la presidencia del país, cuyo asesinato fue distinto o es distinto en nuestro imaginario porque se vio en televisión".
El narrador en primera persona de esta historia -Antonio Yammara- reconstruye esos años, que son los del ascenso y caída de Ricardo Laverde, su compañero de billar, su compañero de desgracia. Apenas conoce a Ricardo, pero el destino los une para siempre y será este suceso el que marcará su futuro. El destino de Ricardo arrastra a Antonio: "Maldije a Ricardo Laverde, maldije el momento en que nos conocimos, y ni por un instante se me pasó por la mente que no fuera Laverde el responsable directo de mi desgracia (...) A medida que fui saliendo a la superficie, el odio a Laverde cedió el lugar al odio de mi propio cuerpo y lo que el cuero sentía. Y ese odio que me tenía por objetivo se transformó en odio hacia los demás, y un buen día decidí que no quería ver a nadie". Tras sufrir un atentado que no está destinado a él, el miedo le impide reaccionar, continuar viviendo, amar a su mujer y a su hija, afrontar la vida: "Con el tiempo la gente, mi gente, se acostumbró a esos llantos momentáneos, y cesaron las palabras de consuelo, y los abrazos desaparecieron, y la vergüenza fue mayor entonces, porque era evidente que yo, más que producirles lástima, les resultaba ridículo". La muerte de Laverde desata una tormenta que Yammara intenta soportar investigando, queriendo saber. Comienza así a sumergirse en una historia antigua que le cuenta Maya, la hija de Laverde, mientras comparten sus soledades en la casa donde Maya vive olvidada de todo: Laverde y Elena Fritts, una gringa que acude a Colombia en misión humanitaria, viven felices hasta que los viajes de Laverde como piloto se ven interrumpidos por su entrada en prisión. Esos negocios que producían pingües beneficios al final salen tan caros que obligan a la pareja a estar separada diecinueve años. Cuando Ricardo sale de la cárcel -ese es el momento en que conoce a Antonio- está a punto de reunirse con su mujer, pero el destino no quiere permitirlo. El ruido de las cosas al caer es el ruido del vuelo 965 de American Airlines proveniente de Miami y con destino final en Cali que nunca llegó a esta ciudad. Su caja negra refleja la sorpresa de los pilotos y las redes que tejen los hados para alterar el devenir cotidiano. 
Al final, la pequeña historia de Bogotá es la de muchas otras ciudades donde se ha instalado la violencia: "Yo os contaré que un día vi arder entre la noche/una loca ciudad soberbia y populosa, dice un poema de Aurelio Arturo. Yo, sin mover los párpados, la miré desplomarse,/ caer,cual bajo un casco un pétalo de rosa. Arturo lo publicó en 1929: no tenía forma de saber lo que le sucedería después a la ciudad de su sueño, la forma en que Bogotá se adaptaría a sus versos (...) Ardía como un muslo entre selvas de incendio,/y caían las cúpulas y caían los muros/ sobre las voces queridas tal como sobre espejos/ amplios... ¡diez mil chillidos de resplandores puros!". Y la violencia arrastra fuera del tablero las vidas de sus moradores, la vida de Laverde, la vida de Yammara...




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