sábado, 23 de noviembre de 2013

Alejandro Zambra, La vida privada de los árboles

La vida privada de los árboles es una novelita de 126 páginas que no puede dejar de leerse de un tirón. Y aquí "novelita" no tiene ningún sentido despectivo sino simplemente diminutivo puesto que es un relato sugerente que no carece de ninguno de los ingredientes de una gran novela, como un bonsái respecto a un baobab. El narrador cuida, efectivamente, de un bonsái mientras escribe su novela y escribe su novela mientras está esperando a su mujer, que no ha vuelto de sus clases de pintura "pero mientras no regrese el libro continúa. El libro sigue hasta que ella vuelva o hasta que Julián esté seguro de que ya no va a volver". El libro se va haciendo con los recuerdos de Julián, que va desvelándonos su vida a través de retazos: su anodina familia. "Justamente escapaba de la medianía, de las innumerables horas perdidas en compañía de nadie"; su extinta relación con Karla, "esa extraña mujer que estuvo a punto de convertirse en su enemiga"; la conquista de Verónica, que le dejó unos kilos de más y varias "tortas" de tres leches; su cariño por Daniela, la hija de Verónica, para la que inventa cuentos de árboles que dialogan. Se va haciendo también con imágenes prospectivas en las que ve a Daniela en diferentes etapas de su vida. Y es entonces cuando la simplicidad de la novela da paso a un desarrollo más complejo: las imágenes futuras se mezclan con los pensamientos de Daniela, ya mayor, en estilo indirecto libre, leyendo el breve libro de su padrastro, buscando recuerdos que no tiene. Todo ello salpicado por comentarios que surgen al socaire de los recuerdos sobre la dictadura chilena: los muertos que tienen todos sus amigos, pero él no; el toque de queda; las alusiones al miedo de su familia: "No ha sido fácil construir esa familia. Ha sido necesario olvidar a los amigos e inventarse amigos nuevos. Ha sido necesario dedicarse a trabajar -avanzar, con anteojeras, a través de la multitud, vadeando ríos de preguntas incómodas..." Hay también una visión desencantada de la sociedad chilena porque en Chile "no es tan grave dar clases de poesía italiana sin saber italiano, porque Santiago está lleno de profesores de inglés que no saben inglés, y de dentistas que apenas saben extraer una muela - y de personal trainers con sobrepeso, y de profesoras de yoga que no conseguirían hacer clases sin una generosa dosis previa de ansiolíticos". Hay también alusiones a una sociedad racista que prefiere la piel blanca: "(Julián) es menos blanco y menos simple y más confuso que Fernando"; a las diferencias de clase: "la nieve chilena es para los ricos".
El libro podría haber extendido sus ramas simplemente si el narrador hubiera decidido optar por un árbol grande y frondoso y no por un bonsái: "Habría que redactar muchos párrafos o acaso un libro entero para explicar por qué Julián no pasó aquel tiempo en casa de sus padres", pero ha preferido sugerir, esbozar, podar su libro de todo lo superfluo, como Julián: " En un principio se dedicó a acumular materiales: llegó a juntar casi trescientas páginas, pero luego fue descartando pasajes, como si en lugar de sumar historias quisiera restarlas o borrarlas".
Hacia la mitad del libro, los recuerdos van dejando paso a una creciente angustia por el paradero de Verónica. Y es esta inquietud "in crescendo" lo que más me ha gustado de la novela, así como su resolución, que no desvelo.
En definitiva, esta es la vida breve de Julián, que habría tenido que ser Julio de no ser por un funcionario que cometió un error (no subsanable por miedo a reclamar en la época de la dictadura), profesor de Literatura en cuatro universidades, escritor de domingo, aspirante a convertirse en "voz en off",  que aprende a agarrar las riendas del destino por amor a Daniela, a la que le ha dedicado un libro sobre la vida privada de los árboles. 

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