sábado, 10 de agosto de 2013

Hacía tiempo que quería leer una novela de Rafael Chirbes y me parece que mejor no he podido elegir. Crematorio es una magnífica novela y Chirbes un estupendo escritor. En mi opinión su mayor acierto está en la elección de los recursos narrativos. El narrador omnisciente de Crematorio da la palabra a los personajes, que forman un coro de voces que se expresan a través del estilo directo, del estilo indirecto libre, del monólogo interior, de la primera persona (como Rubén) e incluso de los diálogos rememorados. Toda esta polifonía está estructurada en capítulos sin numerar dominados cada vez por una voz. El resultado es la multiplicidad de perspectivas que, si en cualquier novela es útil para tener una visión completa de la realidad, en esta es fundamental por el tema que trata, muy proclive al maniqueísmo. Sin embargo, el lector no se siente en ningún momento perdido pues el narrador le da las suficientes pistas para que descubra en cada momento quién está hablando, incluso cuando hay diálogo.
La novela presenta a unos cuantos personajes entre los que existen relaciones familiares y de amistad que se remontan a muchos años atrás. Por tanto, los saltos al pasado son frecuentes. Así, los personajes, que esperan que llegue el momento de llevar al crematorio a Matías, recuerdan y se explican a sí mismos, hablan de los demás, muestran sus miserias. 
No hay una trama propiamente dicha, solo esas voces que reconstruyen una época, la de la transición a la democracia hasta hoy. Esos jóvenes cultos y llenos de ilusiones han destruido sus principios al mismo tiempo que el paisaje. Misent, trasunto de cualquier pueblo del Levante español, representa el triunfo del capitalismo sobre los principios morales y estéticos. Pero nada es sencillo de explicar. Matías y Rubén, los dos hermanos antagónicos, irreconciliables, el bueno y el malo, en realidad tienen sus luces y sus sombras. Rubén, aquel joven arquitecto que pretendía hacer arte, renunció muy pronto a sus ilusiones buscando el pragmatismo, primero en el mundo de la droga y luego en el de la construcción inmobiliaria. Vive rodeado de seres que se aprovechan de su riqueza mientras lo desprecian. Matías, el idealista revolucionario que ha visto cómo sus principios fracasaban, se refugia en la agricultura ecológica. Sus amigos y familiares sienten admiración y cariño por él, pero también tiene sus defectos, como un gran egoísmo que le impide atender a su madre, aun siendo su hijo predilecto. Su gran fracaso consiste en encontrarse con que su propio hijo es un tiburón financiero. Aparecen también la hija de Rubén y su marido, restauradora del arte y crítico literario, bastante cínicos, pues no casan bien sus principios morales y el interés por el dinero. Y el escritor, Bruard, reflejo fidedigno del deterioro que supone el paso del tiempo, la vejez. También él muestra la dificultad de mantener el criterio a la hora de crear. Hay otros personajes, como el ayudante de Bruard o los antiguos colaboradores de Rubén, metidos en el mundo de la droga y el alcohol, o Mónica, la segunda esposa de Rubén, quizá el único personaje que por su patetismo provoca un sentimiento de empatía. Todos ellos crean un cuadro elegíaco que representa muy bien a ciertos sectores de la sociedad actual, los que se han encargado de destruir el paisaje de Misent, los que nos han llevado a la crisis, los que han incinerado esos principios que realmente tuvimos hace ya algunos años en el crematorio de sus ambiciones. 
Si a todo lo dicho unimos un lenguaje muchas veces lírico, el dominio de las descripciones sensoriales y una actitud crítica sin concesiones tenemos una gran obra, sin duda. 

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