jueves, 11 de abril de 2013

Bécquer, Cartas desde mi celda


No voy a descubrir a nadie que Bécquer es un gran poeta, tan grande que transformó la expresión poética, volviéndola íntima y personal, liberándola de estridencias. Como prosista conocemos muy bien sus leyendas, su maestría en la creación de ambientes. Quizá es menos conocido como periodista, pero lo más sorprendente es que su prosa fluye con el mismo estilo que su obra lírica, creando una prosa poética tan maravillosa como sus rimas. Las Cartas desde mi celda son nueve artículos periodísticos que el poeta envió desde el Monasterio de Veruela, donde intentaba recuperarse de su tuberculosis, a la redacción de "El Universal". Son tan variadas que van desde el cuadro de costumbres -un Bécquer observador y crítico que recuerda a Larra- hasta la leyenda, pasando por el estilo confidencial del diario. He seleccionado la carta que posee las más bellas descripciones que he leído en mi vida -o eso creo- y no he podido evitar reproducirlas, puesto que es imposible explicar la magia de este lenguaje. Os recomiendo que leáis todas para degustar un manjar exquisito.

Carta III
Un paseo por el Moncayo lleva al poeta a un pequeño pueblo con castillo medio derruido que esconde un camposanto. Allí Bécquer descubre un paisaje “imposible de reproducir con frases siempre descoloridas y pobres” (el "rebelde, mezquino idioma") y desvela sus pensamientos más secretos. Siempre ha sentido aversión por los cementerios de las grandes poblaciones “aquellas tapias encaladas y llenas de huecos, como la estantería de una tienda de géneros ultramarinos; aquellas calles de árboles raquíticos, simétricas y enarenadas, como las avenidas de un parque inglés; aquella triste parodia de jardín con flores sin perfume y verdura sin alegría, me oprimen el corazón y me crispan los nervios (...) En aquellos vastos almacenes de la muerte siempre hay algo de esa repugnante actividad del tráfico. La tierra, constantemente removida, deja ver fosas profundas que parecen aguardar su presa con hambre. Aquí, nichos vacíos a los que no falta más que un letrero: Esta casa se alquila; allí, huesos que se retrasan en el pago de su habitación y son arrojados qué sé yo adónde, para dejar lugar a otros”. Por el contrario, en esa aldea ve un pequeño camposanto “abandonado, pobre, cubierto de ortigas y cardos silvestres” que le produce melancolía pero “mucho más suave, mucho más respetuosa y tierna” por su profunda calma.  Abre su “carcomida y casi deshecha puerta” -aquí está Machado- y disfruta de su agradable tristeza. La descripción del lugar es bellísima: “Allí, en medio de algunas espigas cuya simiente acaso trajo el aire de las eras cercanas, se columpian las amapolas con sus cuatro hojas purpúreas y descompuestas; las margaritas blancas y menudas, cuyos pétalos arrancan uno a uno los amantes, semejan copos de nieve que el calor no ha podido derretir, contrastando con los dragoncillos corales y esas estrellas de cinco rayos, amarillas e inodoras, que llaman de los muertos, las cuales crecen en los campos santos o entre las ortigas (...) Una brisa pura y agradable mueve las flores, que se balancean con lentitud, y las altas hierbas, que se inclinan y levantan a su empuje como las pequeñas olas de un mar verde y agitado. El sol resbala suavemente sobre los objetos, los ilumina o transparenta”... Tras esa “sacudida del alma”, van surgiendo unas ideas en su mente. Siente que ha cambiado.  Antes, con la candidez de su juventud, cuando “mi alma estaba henchida de deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza sin límite que es la más preciada joya de la juventud”,  al pensar en la muerte, ansiaba ser reconocido por la ciudad que le vio nacer. “Los álamos blancos, balanceándose día y noche sobre mi sepultura, parecerían rezar por mi alma con el susurro de sus hojas plateadas y verdes, entre las que vendrían a refugiarse los pájaros para cantar al amanecer un himno alegre a la resurrección del espíritu a regiones más serenas; el sauce, cubriendo aquel lugar de una flotante sombra, le prestaría su vaga tristeza, inclinándose y derramando en derredor sus ramas desmayadas y flexibles, como para proteger y acariciar mis despojos, y hasta el río, que en las horas de creciente casi vendría a besar el borde de la losa, cercada de juncos, parecería arrullar mi sueño con una música agradable”. Todo diría “allí duerme el poeta”. Hubiera querido la fama “haber influido poderosamente en los destinos de mi país, haber dejado en sus leyes  y sus costumbres la profunda huella de mi paso”. Pero ahora “cuántas ilusiones no se han secado en mi alma”, pretende vivir sin ambiciones,  “con esa felicidad de la planta que tiene a la mañana su gota de rocío y su rayo de sol”. Ahora solo pretende “ser un comparsa en la inmensa comedia de la Humanidad y, concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se aperciba siquiera de mi salida”. La conclusión es realista, pero desencantada: “Ello es que cada día me voy convenciendo más que de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un átomo aquí”.
La crítica considera la tercera carta la mejor de esta obra literaria de Bécquer. Su lenguaje poético, su sinceridad, la precisión de su léxico, la sensibilidad de sus sentidos justifican sobradamente esta opinión.

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