jueves, 23 de agosto de 2012

Philip Roth, La mancha humana

Las grandes obras de arte tienen la capacidad de succionarnos, de arrastrarnos a su interior para que perdamos nuestra propia identidad momentáneamente, solo el tiempo necesario para imbuirnos de ellas, para completarnos, para enriquecernos. Tienen, además, el don de identificarse sin anfibologías porque cuando vemos una gran novela, un gran cuadro, una escultura perfecta sabemos que lo son, sin duda. 
En mi opinión, La mancha humana es una novela redonda, de esas que raramente se encuentran, porque el autor ha acertado en el modo de narrar unos hechos que reflejan su visión desencantada de la condición humana, no solo del mundo actual, en un tono crítico, a veces casi apocalíptico, pero nunca distante, con la honradez de los grandes escritores -y no sé por qué estoy pensando en Cervantes-. Los seres humanos dejamos una mancha a nuestro paso, acabamos con todo lo que hay en el mundo de inocente, nos destruimos los unos a los otros, creamos una sociedad hipócrita que se sirve de sus hijos mientras los puede utilizar para algo (del decano ilustre, del soldado enviado a Vietnam, de la pequeña Faunia...). Creemos que tenemos libre albedrío, que podemos enfrentarnos a un destino escrito (a veces escrito en la piel), pero es una falsa ilusión. Al final, la justicia del destino-azar se impone. De todo eso habla esta novela, y lo vemos  situado en un marco espacio-temporal idóneo porque la misma sociedad políticamente correcta que juzga a Coleman por su aparente desliz lingüístico es la misma que se rasga las vestiduras con el famoso episodio que le costó la presidencia a Bill Clinton, estrella de los corrillos más puritanos del año1998. 
La misma elección del punto de vista es magistral. Como señala el mismo narrador -Nathan Zuckerman, vecino y algo así como amigo de Coleman-, no podría haber narrado la historia el propio Coleman porque tenía que guardar su secreto, de modo que le pide a él, a este narrador testigo, que la cuente. Este perspectivismo (lo que sabe el narrador, lo que imagina, lo que le cuentan) le permite a Roth utilizar y combinar con verdadera sabiduría el diálogo, el monólogo interior, el estilo indirecto libre: "No faltaba nada en East Orange. ¿Y cuándo? Antes. Antes de la renovación urbana. Antes de que abandonaran a los clásicos. Antes de que dejaran de regalar la Constitución a los graduados de Enseñanza Media. Antes de que hubiera clases de recuperación en las universidades que enseñaran a los estudiantes lo que deberían haber aprendido en la Enseñanza Media. Antes del mes dedicado a la Historia de la Negritud. Antes de que construyeran la avenida arbolada y la autopista 280. Antes de que persiguieran a un profesor universitario por decir ´negro humo`en clase. Antes de que ella subiera la cuesta para comprar en West Orange. Antes de que todo cambiara, incluido Coleman Silk. Entonces todo era diferente... y antes. Y, se lamentaba ella, nunca volvería a ser lo mismo, ni en East Orange ni en ningún otro lugar de EE.UU."(Observad cómo pasa la narración del estilo directo de Ernestine al estilo indirecto libre).
Se trata de una novela densa, poblada de múltiples personajes bien dibujados (con la "dignidad arrasada", como Faunia), pero de fácil lectura. Aunque forme parte de la llamada "Trilogía americana", hay mucho de nuestra sociedad europea en ella. La crítica al deterioro de la educación, al racismo, a la hipocresía nos habla de un mundo que tenemos muy cercano. Como muestra, sirvan estas palabras que nos hablan del abandono de los clásicos en la educación actual. Creo que deberían hacernos reflexionar a todos, padres, profesores, alumnos: "Leer a los clásicos es demasiado difícil, por lo que la culpa la tienen los clásicos. Hoy el alumno hace valer su incapacidad como un privilegio. Si no puedo aprender una cosa es porque hay algo erróneo en ella, y especialmente en el mal profesor que quiere enseñarla. Ya no hay criterios, señor Zuckerman, sino solo opiniones".
Solo puedo señalar un aspecto que, desde mi punto de vista, le falta a esta novela (y a tantas otras obras norteamericanas): el humor.
Muchas gracias, Emilia, por animarme a leerlo. Tenías toda la razón.

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