domingo, 22 de julio de 2012

Rosa Chacel, Barrio de Maravillas

Juan Carreño de Miranda, Carlos II
Hace muchos años leí Memorias de Leticia Valle y me deslumbró, después La sinrazón, una de las mejores novelas que han caído en mis manos, seguro, y la razón fundamental por la que idolatro a Rosa Chacel. Ahora he podido leer Barrio de Maravillas, 36 años después de su publicación, para confirmar que es la persona -el término "escritora" no incluiría a todos los escritores varones- que ha escrito en España con mayor rigor. Lo que quiero decir es que para Chacel una palabra no vale lo mismo que otra, que una sensación no se describe de cualquier manera, que un recuerdo no es algo aproximado, de ahí la dificultad que ofrece su obra. Si no habéis leído nada de esta autora, no esperéis una lectura al uso actual, un libro-niño bueno que se deja llevar de la mano, no, porque ella era muy consciente de que  un gran autor no debe permitirse hacer concesiones, sino usar a manos llenas su libertad. Esa libertad es que la lleva a Rosa Chacel a experimentar en plena madurez como si fuera una escritoral novel, la que le permite crear un mundo enteramente personal, una re-creación basada en gran parte en sus recuerdos, en su infancia, tan productiva, tan inacabable. Las dos chicas que protagonizan Barrio de Maravillas parecen tener todo de la joven Rosa que descubría el mundo de los adultos abriendo mucho los ojos, pero al mismo tiempo juzgando desde su madurez precoz. La autora tiene la capacidad de transportarnos a un barrio, a un mundo muy distinto del actual, convulso -dispuesto a presenciar la cercana guerra-,
transmitiéndonos con precisión los sabores, los olores, los colores, las texturas, los tonos de la voz, las sensaciones ya perdidas para nosotros. Cada frase, cada palabra es un descubrimiento, un hallazgo literario. El problema es que la mente que describe ese mundo inmenso representado en el barrio salta de un momento a otro, de un personaje a otro, nos habla de personas que no han sido presentadas previamente, comenta esto y lo otro, todo junto y revuelto, como funciona la mente humana, ni más ni menos, de ahí la dificultad. Ya sabéis que solo lo que cuesta trabajo merece la pena. Quizá tengáis que retroceder cuatro páginas y releer para no perder detalles importantes, quizá os perdáis alguno, pero seguro que valdrá el esfuerzo. Y así Rosa Chacel seguirá obteniendo el reconocimiento más preciado a su labor literaria -ese que no le dio la RAE por ejemplo-, el de sus lectores.

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