jueves, 3 de mayo de 2012

Vanessa Diffenbaugh, El lenguaje de las flores

Voy a sorprenderos, creo, con una comparación extravagante que ha surgido por pura coincidencia. He visto recientemente Intocable, la película francesa que se enfrenta desde el humor a un tema tabú, el de los impedidos, para aportar una visión desdramatizada y nada conmiserativa. Esa, creo, es la razón de su éxito. Pues algo parecido pasa con El lenguaje de las flores. La protagonista, Victoria, es una huérfana de talante dickensiano que ha pasado por más padres de acogida que la falsa moneda. Ese destino, evidentemente, no la ha convertido en el ser más sociable del mundo sino más bien al contrario. Por tanto, tenemos dos ingredientes que podrían garantizar el melodrama, la explosión de los sentimientos más desatados: huérfana maltratada, huérfana insociable -más que insociable, violenta. Además, disponemos de un secreto terrible que se desvelará a su debido tiempo. Pues bien, ni una lágrima. La historia está contada por la propia Victoria, que no se permite sentir pena de sí misma, que lo que siente más bien es rabia, aparente odio, aunque poco a poco iremos desenredando con ella esa maraña de sentimientos. Los otros personajes, todas mujeres, salvo Grant, tampoco tienen una actitud condescendiente, aunque la ayudan y valoran. Esta visión desdramatizada es lo que más me ha gustado de la novela. Victoria se salva, la novela se salva gracias al lenguaje de las flores. Este código dieciochesco le da la oportunidad de comunicarse, le permite ganarse la vida y encontrar su camino. La capacidad que posee Victoria de captar la esencia invisible de las  relaciones humanas y de expresar lo inefable mediante las flores aporta magia a la novela (algo parecido a Como agua para chocolate, aunque allí con la comida). Finalmente, las dificultades que encuentra en cuidar de un pequeño ser, tan bien analizadas por la autora, suman un ingrediente más: el miedo. El lector siente terror cuando comprende que un pequeño bebé está en manos de un ser asocial. El final tampoco defrauda. Es coherente, ata los hilos que quedaban sueltos, es verosímil.
En resumen, una novela arriesgada que ha sido muy bien resuelta. La imagen del musgo me ha resultado sublime para explicar el amor de la madre, que no necesita raíces para crecer.  Por cierto, para vosotros unas cuantas angélicas (inspiración).

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