domingo, 20 de junio de 2010

José Saramago in memoriam


Lo que intenta el artista es dar testimonio, esa es su tarea. Testimonio de que es un ser vivo que no se resigna a morir. (José Hierro).


LA CAVERNA

En La caverna, dice Saramago: "Leyendo se acaba sabiendo casi todo(...) No sirve la misma forma para todos (...) Hay quien se pasa la vida entera leyendo sin conseguir nunca ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que las palabras son solo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que importa". Por eso cada novela de José Saramago nos hacía más lúcidos, nos anticipaba el futuro, porque él (como Julio Verne, como Ray Bradbury) sabía ver más allá de lo visible.
El narrador de La caverna habla en tercera persona, en pasado y en presente al mismo tiempo. Es omnisciente, pero a la vez actúa como un observador externo que comenta los hechos con la distancia de la ironía ("Adelantarnos, con temerarias suposiciones o con venturosas deducciones, o, peor todavía, con inconsideradas adivinaciones, a lo que ellos pensaron no sería, si tenemos en cuenta la presteza y el descaro con que en relatos de esta naturaleza se menosprecia el secreto de los corazones, no sería, decíamos, tarea imposible, pero (...) nos ha parecido preferible pasar adelante y aguardar tranquilamente a que sean los actos y las palabras los que manifiesten los pensamientos").
En un ambiente asfixiante, similar al de Ensayo sobre la ceguera, vemos desarrollarse un mastodóntico Centro comercial ("No exagero nada afirmando que el Centro, como perfecto distribuidor de bienes materiales y espirituales que es, acaba generando por sí mismo y en sí mismo, por pura necesidad, algo que (...) participa de la naturaleza de lo divino") que va acabando con la vida natural que representa la alfarería de Cipriano Algor. No obstante, hay esperanza para el hombre: de momento podemos huir de esa vida de realidad virtual con que estamos sustituyendo la propia vida, la de verdad. Como los hombres de la caverna de Platón, vemos sombras que representan a la verdadera realidad, pero no lo son, y miramos en torno a la hoguera, atados al banco de piedra, pero no vivimos por mirar, preferimos ver que actuar, la pasividad a la acción. Y en esa pasividad está la manipulación de que somos objeto, la imposición de gustos y necesidades, la apropiación que nos están haciendo de nuestro mundo antiguo, caduco, pero auténtico, como la alfarería de Cipriano.
Los protagonista deciden huir de ese falso mundo tan parecido al nuestro: "No, creo que hay ocasiones en la vida en que debemos dejarnos llevar por la corriente de lo que sucede, como si las fuerzas para resistir nos faltasen, pero de pronto comprendemos que el río se ha puesto a nuestro favor, nadie más se ha dado cuenta de eso, solo nosotros, quien mire creerá que estamos a punto de naufragar, y nunca nuestra navegación fue tan firme".
A ver si somos capaces de ver en las palabras de Saramago el aviso de la segura deriva del mundo que, como la balsa de piedra, no parece ser reversible. Un buen ejemplo de que una novela, y todas sus novelas son en realidad "una novela",  es mucho más que Literatura.

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