martes, 22 de junio de 2010

Cormac McCarthy, The road


Con esta  novela, Cormac McCarthy (cuyo verdadero nombre es Charles McCarthy) obtuvo en 2007 el premio Pulitzer y pasó a ser considerado uno de los mejores autores norteamericanos. De hecho, el crítico literario Harold Bloom le ha distinguido como uno de los cuatro mayores novelistas norteamericanos de su tiempo, junto a  Thomas Pynchon, Don DeLillo y Philip Roth. Pertenece a ese grupo de escritores norteamericanos que siente aversión por los medios de comunicación (como DeLillo o Salinger), por lo que apenas existen datos biográficos suyos. McCarthy es también autor de No es país para viejos, la película que protagonizó Javier Bardem.
He seguido la recomendación de varios críticos cinematográficos, que, cuando se estrenó hace unos meses la película The road, aconsejaron leer primero la novela y creo que ha sido una buena idea. Aún no he visto la película, pero no me cuesta mucho imaginarla porque el libro parece en muchos sentidos un guion cinematográfico.
No es una novela apta para aquellos que creen que la vida ya es demasiado terrible como para buscar más desgracias en la Literatura, esto es, no es una novela de evasión sino todo lo contrario. Creo que no he leído nunca un relato tan trágico que, sobre todo, no hace ninguna concesión, muestra una realidad terrible desde la primera hasta la última página. Y, sin embargo, es un libro necesario. Debería ser de lectura obligatoria para recordarnos a todos que tenemos un mundo casi perfecto y lo estamos destruyendo.
En ningún momento tiene el lector datos concretos de los personajes, solo sabemos que son padre e hijo (un niño de unos doce años), que la madre desapareció de forma dramática (se dice claramente cómo), que vagan por una tierra desolada (han pasado unos cuantos años desde que se produjo la catástrofe, no sabemos cuál) y buscan esencialmente sobrevivir. Con esa imprecisión, el autor consigue universalizar la historia y a los personajes, que no tienen nombre porque podemos ser cualquiera de nosotros.
Hay dos aspectos que, en mi opinión, hacen de esta una gran novela: la creación de un ambiente desolado y el lenguaje. 
El ambiente es descrito con una gran abundancia de metáforas variadas y de adjetivos, insistentemente repetidos, que pertenecen a los campos semánticos del color gris y de la destrucción: humo estático, cenizas por doquier, la serpiente gris de un río, grises cortinas de lluvia, día opaco, pálido, “todo estaba quemado hasta las cenizas”, húmedos copos grises; un barril metálico lleno de basura, cuerpos secos y polvorientos, máquinas saqueadas, personajes harapientos... Y todo ello acompañado por un frío muy intenso y un olor nauseabundo. Así quedamos inmersos en un mundo que apenas recuerda a lo que fue (barcos de lujo semihundidos, casas de campo quemadas) y en el que es muy difícil sobrevivir. Los seres humanos  que se han salvado del desastre se vuelven crueles con sus semejantes porque el principio de supervivencia supera a los demás principios. Vemos esclavos, caníbales, ladrones: los fuertes sojuzgan a los débiles. No hay animales: han desaparecido. No hay frutos en los árboles, que están quemados. Para comer han de ir saqueando lo que aún no ha sido descubierto, pequeños tesoros en forma de latas, de las que ya van quedando muy pocas. En este ambiente el hombre va perdiendo su aspecto humano, sus ilusiones, su capacidad de habla porque solo vive para conseguir comida que le permita seguir viviendo.
El lenguaje es la esencia de este libro y eso que se caracteriza por su laconismo. Ese es el estilo que le va a una situación como la que viven los protagonistas. ¿De qué van a hablar? No conviene recordar un tiempo que ya no puede volver, por otra parte, el niño nunca lo vivió. No hay proyectos. Solo importa la comunicación de las necesidades inmediatas: adónde ir, qué comer, cómo vencer el miedo. Pero es un diálogo lleno de ternura en su laconismo porque muestra el gran amor que sienten el uno por el otro. Lo más repetido: no pasa nada, en las dos direcciones, para animarse recíprocamente. La ausencia de diálogo también crea un mayor dramatismo porque es el niño el que menos habla, el que no tiene ganas de hablar y su padre le pide que le diga algo. A través de esa pérdida de la necesidad de hablar intuimos el gran sufrimiento del niño, que es la esperanza de la historia. 
El niño representa la pureza, lo mejor del ser humano, lo que merece la pena preservar, “el fuego” lo llaman ellos. Es incapaz de ver sufrir, se compadece de sus enemigos, quiere ayudar a todos los seres que se van cruzando en su camino... Hace que su padre sea mejor persona y finalmente es la esperanza de la Tierra, que ha de emprender un nuevo rumbo con seres humanos como él. 

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