lunes, 4 de julio de 2016

Como explica el propio narrador, esta novela es un trampantojo, una trampa que comienza por el mismo título, Esa puta tan distinguida, la memoria. Y de eso habla Marsé: de la impostura de la memoria. 
La trama está basada en un hecho real: el asesinato de una prostituta en un cine barcelonés durante la posguerra, un acontecimiento que debió de impresionar vivamente al niño Marsé y sobre el que ha construido una novela ecléctica, diferente, difícilmente clasificable. 
El narrador es un novelista que decide, en 1982, por dinero, embarcarse en un proyecto cinematográfico en el que no cree, sobre todo porque desconfía del cine español de la transición (y con razón, a juzgar por el resultado de este intento: Los amores ciegos de Manolita). Este hecho nos permite observar cómo se desarrolla el proceso de escritura, puesto que el novelista duda continuamente de su habilidad para construir una obra honesta: “...siento como si arrastrara el pesado fardo de una impostura y una impericia que ya sería hora de asumir públicamente de una vez. No sabría explicar por qué, pero siempre llega un momento, cuando trabajo en un libro y me invade el desaliento, en que me siento como un impostor (véase el último libro de Javier Cercas), una máscara, una persona disfrazada de escritor, alguien que ha usurpado la autoría de ese montón de páginas torturadas” (Pág. 44); lucha por domar, como Bécquer, “el rebelde, mezquino idioma” (“Las palabras seguían empeñadas en no decir lo que debían” -pág-44) y se siente decepcionado con el resultado que va obteniendo: “El primer tratamiento del guion empezaba a vertebrarse mediante breves secuencias encadenadas que me parecían todas ellas de una clamorosa insolvencia narrativa” (Pág. 97). “De modo que la pretendida crónica avanzaba sin las servidumbres del suspense y sin la menor tensión narrativa” (Pág. 98). “Y a ratos me remordía la conciencia: estás preparando al lector para algo que no le vas a dar, me dije” (Pág. 140). No obstante, sabe qué quiere conseguir: “...la verosimilitud, algo a lo que me obliga la escritura, y que, a fin de cuentas, me importa más que cualquier realidad” (Pág. 115). 
Marsé integra en esta novela materiales diversos, ajenos a la novela, aunque a la novela nada le es ajeno: una entrevista inicial de la que solo tenemos las respuestas, pero que nos permite saber a qué nos vamos a enfrentar y nos acerca a la cosmovisión de Marsé (anticlerical, “mal” patriota, poco amante de las instituciones); escenas destinadas a convertirse en un guion; anotaciones que servirán como recordatorio...
Pero, a pesar de la originalidad en el tratamiento de los materiales, la novela no sería lo que es sin sus personajes, sobre todo Felisa, esa criada que entre volutas de humo va colando adivinanzas cinematográficas a un duro, con un cinismo y una desvergüenza inolvidables, porque en el cine está el secreto de la vida. O la señora Falp, la Esther Williams de la tercera edad cuyo espíritu competitivo le deja el ánimo por los suelos al narrador. El mismo Fermín Sicart, con su amnesia inducida o real, sus rasgos psicópatas, pero también su cariño por Carol, a la que no sabemos muy bien por qué asesina, si inducido por ella misma o llevado por un impulso irrefrenable, lo mismo da. Y esa anacrónica actriz en ciernes  más propia de nuestro tiempo que haría cualquier cosa por un papel, pero en el fondo tiene la inocencia de sus pocos años. Todos ellos, gracias al “decoro poético”, tienen su propia personalidad lingüística, porque Marsé acierta plenamente asignando a cada uno su registro. Por ejemplo, la joven Elsa Loris se expresa así: “Es para que se haga una idea de cómo veo actuar a una ciega. Porque usted no ha visto nada mío en este plan, ¿verdad? ¿Vio Despelote 2 en Marbella?” (Pág. 199). Sicart tiene un registro vulgar muchas veces: “Mire, este es un asunto que me toca bastante las narices, por no decir otra cosa. Porque es que no era una casa de putas, no señor, nada de eso” (Pág. 173). Como dice el narrador en la entrevista inicial, “La verdadera patria de un escritor no es la lengua, es el lenguaje” (Pág. 11).
Destaquemos por último los guiños al lector, como esa alusión a una tal Pilar Rajola, “contorsionista verbal y cómica radiofónica” o las alusiones metaliterarias a Caligrafía de los sueños, que presentaba a un personaje trasunto de Marsé niño que descubre su "nostalgia de futuro" (Pág. 46).
En definitiva, Esa puta tan distinguida es una novela inclasificable que reflexiona sobre las traiciones de la memoria, una memoria que, después de todo, no le importa a nadie (la historia de Carolina al final no se convierte en película): “Fui consciente de nuestra derrota, la suya y la mía; él por su pasado expoliado, recompuesto y remendado, yo por no haber sabido hacer nada con esos apaños y remiendos que le habían aplicado” (Pág. 233). Y la opinión de su autor sobre la novela está explícita en la entrevista inicial: “Al terminar de escribir ese libro me sentí muy mal. Satisfecho con las partes, pero desconcertado con el todo. Me sentía como si me hubiesen robado el argumento, el corazón de la trama” (Pág. 14).

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