martes, 8 de julio de 2014

Leonardo Padura, Herejes

Esta magna novela de Padura se sitúa en la línea de El hombre que amaba a los perros. Como en esta, impera la ambición de abarcar la totalidad, de hacer una novela total. Y, en mi opinión, aunque no lo consigue, se queda muy cerca. Voy a tratar de explicarme.
En los prolegómenos, Padura define "hereje". Según el DRAE, un hereje es una persona que niega alguno de los dogmas establecidos por una religión o una persona que disiente o se aparta de la línea oficial de opinión seguida por una institución, una organización, una academia, etc. Los herejes de esta novela lo son en los dos sentidos. Pero además, recoge una acepción propiamente cubana: "Dicho de una situación: (Estar hereje) Estar muy difícil, especialmente en el aspecto político o económico". Y también esta acepción tiene una importante presencia en la novela. 
Padura abarca el pasado lejano, el pasado cercano y el presente y, en ese presente, refleja magníficamente la situación de Cuba. Se trata de una novela histórica que se halla perfectamente imbricada en la sincronía de la isla. Y ya que hablamos de mezcla, no solo es novela histórica, también es novela de misterio y de detectives, una más de la serie de Mario Conde. 
La profundidad de su recreación histórica es lo mejor de la novela. Parte de un hecho real que todavía hoy llena de vergüenza a la isla: en 1939, el S.S. Saint Louis, con novecientos judíos a bordo que habían conseguido huir de Alemania, permanece fondeado varios días a la espera de recibir la autorización de desembarcar. Las autoridades, finalmente, no lo permiten, por lo que deben volver a Europa, a una muerte segura. La familia Kaminsky posee un pequeño cuadro de Rembrandt desde el siglo XVII, pero no le servirá como objeto de cambio. Uno de sus descendientes pide ayuda a Mario Conde para desentrañar el misterio del cuadro, provocando así la reconstrucción de unos hechos que se remontan al siglo XVII y que tienen como protagonista al modelo del lienzo, un pintor judío de Amsterdam que contraviene las leyes de su religión dedicándose a pintar figuras humanas (los capítulos dedicados al joven pintor del taller de Rembrandt y a su irrefrenable ilusión por ser artista son lo mejor de la obra). Llegaremos a entender cómo llegó el cuadro a la familia Kaminsky, cómo se produjeron las terribles persecuciones de judíos del siglo XVII, qué terrible secreto guardaba Joseph Kaminsky -que se hizo hereje por salvar a su sobrino- y, finalmente, cómo es la Cuba actual. De todo ello se puede deducir que la novela está teñida de desencanto, de dolor, de miseria, de ilusiones rotas. Efectivamente, es así, pero también aparece la esperanza, la amistad, el amor a la vida, y de ello es en gran parte responsable el cínico y descreído detective que, en el fondo, no podría vivir en otro lugar: "Porque tenía buenos libros para leer; tenía un perro loco e hijo de puta del cual cuidar; tenía unos amigos a quienes joder, abrazar, con quienes se podía emborrachar y soltarse a recordar otros tiempos que, en la benéfica distancia, parecían mejores; y tenía una mujer a la que amaba y, si no se equivocaba demasiado, lo amaba a él. Gozaba de todo aquello -y ahora hasta de dinero-, en un país donde mucha gente apenas tenía nada o iba perdiendo lo poco que le quedaba: porque demasiadas personas con las que cada día se topaba en sus afanes callejeros y le vendían sus libros con la esperanza de salvar sus estómagos, ya habían perdido hasta los mismísimos sueños".
¿Por qué una novela asentada en tan buenos mimbres y que emplea un lenguaje tan preciso, tan culto, tan coloquial, tan fresco, tan lleno de matices, no es una obra maestra? La última historia nos dará la respuesta. Conde ha de resolver la desaparición de una joven "emo", una adolescente "herética" que cuestiona los principios sociales y cree en la muerte de Dios y, en mi opinión, esta tercera pata en que se sostiene la novela la hace cojear. La historia de estos adolescentes confundidos no es comparable con la persecución de los judíos ni con la lucha personal de Elías contra la intransigencia religiosa. Estos jóvenes pijos cubanos que han leído a Salinger y a Nietzche se ven envueltos en un desenlace si no increíble por lo menos laxo. Por lo demás, la novela es magnífica. Y, a pesar de no haber conseguido una obra maestra, merece la pena leer este texto de Padura pues sigue estando a años luz de la mayor parte de las producciones novelísticas con que nos martirizan las editoriales. Leonardo Padura es un gran novelista y en alguna próxima novela conseguirá esa obra maestra. 

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