sábado, 4 de mayo de 2013

Stephen Chbosky, Ventajas de ser un marginado


(En inglés, The Perks of Being a Wallflower).

La experiencia que voy a narrar en esta ocasión es bastante distinta a las que suelo describir. Normalmente, primero leo la novela y luego veo la película basada en ella. La novela siempre es más rica, está más llena de matices y, sobre todo, permite dejar volar a la imaginación. La película nos hace recordar la novela y comprobar la distancia que existe entre nuestra lectura y la del director de cine. Pero, en este caso, el orden ha sido inverso. Surgió primero la película, que me atrajo por sus buenas críticas a pesar de ser un producto destinado a adolescentes y luego decidí leer la novela. 
Por supuesto, recomiendo ambas a los adolescentes, el público natural de este relato, que se identificará con alguno de estos personajes que están madurando a marchas forzadas. Y me atrevo también a recomendarlo a los  adultos, puesto que si a mí me ha gustado también puede gustar a otros. Le gustará a quien sea capaz de recordar sus vivencias juveniles, lo que sentía, lo que sufría cuando pertenecer a un grupo de iguales era esencial, cuando no sabía cómo reaccionar ante las nuevas experiencias. Charlie es un poco friki aparentemente, pero empatizamos con él porque esa imagen esconde a un chaval sensible, generoso, ávido de cariño, un ser que sufre y ansía ser feliz. Aparecen, como era de esperar, tópicos de novela juvenil que recuerdan a las grandes representantes del género, pero Chbosky los supera dando vida a un personaje redondo por la gran cantidad de matices que apreciamos en él. 
La novela se presenta como una serie de cartas dirigidas a un desconocido. El género epistolar consigue una mayor verosimilitud que el diario personal porque esas cartas tienen un destinatario, se dirigen a alguien similar al lector de la novela, alguien que puede recibir la misma información que nosotros y crearse una imagen del protagonista, y ello  sin abandonar la primera persona.
La primera persona nos permite llegar a lo más profundo de Charlie, que es totalmente sincero, y disfrutar con su lenguaje sencillo, a veces inocente, a veces ingenuo. Charlie cuenta todo, incluso da detalles insignificantes, que aparecen mezclados con grandes preocupaciones y con grandes ausencias. 
El final puede decepcionar a algunos lectores, no sé si era imprescindible recurrir al trauma infantil, pero en todo caso no invalida los muchos logros que el resto de la novela ha alcanzado. 
Os recomiendo seguir el camino inverso al que he tomado yo: primero la novela, así podréis imaginar a vuestro propio Charlie, a vuestra propia Sam. Luego la película, para que comprobéis que es una buena adaptación, no en vano el director de la película es el propio autor de la novela. Puede ser una interesante experiencia. 

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