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Este va a ser el último libro de Philip Roth, que a sus ochenta años ha anunciado su retirada. No podría haber culminado mejor su carrera literaria. Es una novela magnífica y está excelentemente traducida, como toda su obra, por Jordi Fibla. 
"Némesis" es la diosa griega de la venganza, de la justicia retributiva. Es una diosa que sanciona la desmesura, que compensa la acción de la diosa Tyche -la Fortuna romana- para mantener el equilibrio universal. El título refleja muy bien lo que supone la novela y permite analizar la epidemia de polio como una metáfora de cualquier mal que se extiende de manera azarosa sobre los seres humanos indefensos, que quedan a su merced. Por ello recuerda a La peste, de Camus, donde la enfermedad y el miedo son la metáfora del fascismo. En mi opinión, Roth pretende reducir el significado de su libro, desde las pequeñas localidades norteamericanas en las que lo sitúa -Newar, Nueva Jersey, donde nació, Indian Hill- no pretende abarcar a todo ser humano, aunque todos podemos renunciar a nuestros principios si nos dejamos llevar por el miedo, sino centrarse en las vidas concretas de sus personajes, modestamente.
El protagonista, Bucky Cantor, un joven de veintitrés años que ha sido criado por sus abuelos, seres íntegros y honrados que el azar le legó en su infancia para compensar la desgracia de sus padres, es una persona responsable, comprometida con su tarea de profesor, sano y fuerte, una completo atleta. Dirige durante el verano una escuela de deportes para niños. Su novia Marcia acepta un contrato de profesora en otra escuela infantil, la de Indian Hill, por lo que van a estar separados todo el verano. Esta existencia tranquila -todo lo tranquila que puede ser teniendo como fondo la Segunda Guerra Mundial- se ve truncada por la presencia de un mal intangible y desconocido que se va extendiendo rápidamente, paralizando las extremidades de los jóvenes e incluso provocándoles la muerte: una epidemia de polio. Solo once años después se descubriría la vacuna de esta terrible enfermedad, que atacaba preferentemente a niños, pero de la que no escapaban adultos, como Roosevelt, el presidente que  gobernó durante cuatro mandatos. 
El ambiente de Newar es otro personaje de la novela. Es verano. El calor asfixiante, el olor nauseabundo de las granjas cercanas se identifican con el virus y van aplastando cualquier esperanza, cualquier sentimiento de grandeza. El valeroso Bucky, tan íntegro y responsable, se deja arrastrar por el pánico y decide abandonar su puesto cuando ve morir a sus alumnos más queridos sin poder hacer nada para impedirlo. Se deja llevar por Marcia y su propio miedo, aceptando la huida a Indian Hill. Allí llega la calma, la felicidad, en ese locus amoenus donde la brisa y el ambiente fresco permiten sentirse a salvo, donde se reencuentra con el amor. Entonces su conciencia despierta, se siente responsable, lamenta la huida. "Y de momento, debido a su felicidad, casi era capaz de olvidar la traición a sus chicos del centro; casi era capaz de olvidar su indignación con Dios por la criminal persecución de los niños inocentes de Weequahic. Al hablar con Marcia de su compromiso, casi era capaz de mirar al otro lado y correr en pos de la seguridad, y una vida normal, predecible y satisfactoria, vivida en tiempos normales. Pero cuando colgó el aparato se vio enfrentado a sus ideales -los ideales de veracidad y fortaleza que le había inculcado su abuelo, los ideales de valor y sacrificio que compartía con Jake y Dave, los ideales que había alimentado en su adolescencia para situarse a resguardo de la tendencia al engaño de un padre deshonesto-, sus ideales de hombre le exigían que invirtiera el rumbo de inmediato y que durante el resto del verano volviera a la tarea para la que le habían contratado. ¿Cómo podía haber hecho lo que acababa de hacer?" La felicidad dura poco. Un alumno del campamento de Indian Hill, Donald, enferma. Las diosas podrían haber resuelto sus disputas de otro modo, la solución es totalmente arbitraria, ¿o no? La decisión final de Bucky le devuelve la integridad moral que había perdido, pero, ¿merece la pena mantenerla aun a costa de la felicidad? 
Cuando surgen las epidemias y se desatan los miedos siempre se buscan responsables. La sociedad, desquiciada por la muerte de sus niños, exhibe sus peores instintos, su cara más deforme, culpa a los marginados, a las etnias diferentes. En esto me ha recordado mucho esta novela a Sefarad, de Muñoz Molina. También en Sefarad cualquier elemento distorsionador de nuestra calma cotidiana provoca la insolidaridad, la pérdida de los mejores valores que poseemos. Y cómo no recordar Ensayo de la ceguera, de Saramago. La diferencia más sustancial creo que radica en que Roth no siente la necesidad de explicar al ser humano sino que su intención es observar con su microscopio un caso concreto, una muestra, para sorprenderse y admirarse; su análisis es intenso, no extenso. 
El narrador es un testigo que escribe en tercera persona, un antiguo alumno de Cantor que ha recibido sus confidencias como un regalo y que comenta, juzga, nos da otro punto de vista para compensar la subjetividad de las ideas de Bucky. Gracias a este narrador vemos que otras soluciones son posibles y que en definitiva y pese a las mañas de la diosa Némesis la aceptación de la felicidad depende de nosotros.
Querría hablar también del estilo del autor. Con Roth siempre parece que está lo esencial, que no realiza digresiones ni se entretiene con detalles nimios. Lo que no quiere decir que su estilo sea telegráfico. La estructura es perfecta. Esta novela le gustaría a Pío Baroja, poco dado a soportar descripciones minuciosas, como reconoce en sus memorias Desde la última vuelta del camino, donde llega a confesar que hasta su madurez no fue capaz de leer novelas completas puesto que siempre se saltaba las páginas menos interesantes. De las novelas de Philip Roth no se saltaría nada, seguro.

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