viernes, 14 de diciembre de 2012

Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros


“Quise utilizar la historia del asesinato de Trotski para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del siglo XX”. Leonardo Padura realiza un ingente trabajo de investigación y con todo el material recopilado sobre León Trotski y su asesino, Ramón Mercader, elabora una novela, género que le permite rellenar los vacíos que rodean  sus vidas.
Padura va alternando los capítulos dedicados a Trotski y a su familia (episodios narrados en tercera persona y presididos por el miedo, la nostalgia, el abandono, pero también por la ambición y el sueño de dar vida a la utopía) con los que protagonizan Mercader y Caridad, su madre (cuadros en tercera persona que están también imbuidos de miedo, afán de notoriedad y confianza en una idea) y con las reflexiones de Iván Cárdenas – en primera persona- , el trasunto en cierto modo de Padura, el escritor que tuvo la suerte o la desgracia de conocer a Jaime López- Ramón Mercader y se vio obligado a darle voz.

Los personajes históricos cobran vida a través de la narración y se humanizan. Trotski, responsable de muchos desmanes durante el tiempo que tuvo poder, se muestra como un ser que se duele de la muerte de sus hijos, capaz de amar, aunque demasiado exigente con los que quiere porque siempre antepone la causa del comunismo a todo. Desde que tiene que exiliarse de Rusia, le persigue el miedo porque “por más que corras y te escondas, el miedo siempre te alcanza”. Trotski se sitúa a la cabeza de los perseguidos por Stalin, la verdadera causa de la destrucción de los ideales comunistas. La descripción de su exilio tiene la universalidad del que han sufrido miles de personas transterradas, que de repente se han convertido en apátridas, en ciudadanos de ninguna parte.

Stalin mueve los hilos de toda la trama, con su afán por borrar  de la Historia a todo aquel que lo conoció y puede contar algo sobre él. Responsable de la muerte de más de veinte millones de personas, incluidos algunos miembros de su familia, Stalin es un personaje más, presente siempre desde el testimonio de las fuentes que utiliza Padura. El hecho de utilizar tanta cantidad de documentación puede suponer un lastre para la novela, aunque se valore desde un punto de vista histórico. Hay demasiados ejemplos de los asesinatos de Stalin, una lista interminable de seres unas veces inocentes y otras culpables, pero siempre perseguidos por motivos espurios. Hay demasiados datos –para una novela- sobre los tejemanejes del dictador, para demostrar cómo pudo destruirse la gran utopía del siglo XX. Stalin llega a cambiar las leyes para poder ejecutar a los hijos menores de sus enemigos, responsabiliza de sus propios crímenes a los demás, pacta con Hitler, ordena asesinar a Trotski…

Por último, Ramón Mercader, víctima y verdugo, militante y militar al servicio de una causa en la que cree, entrenado para ser cruel. Desde el momento en que su madre, en la sierra de Guadarrama, le plantea servir a sus ideales, se convierte también en víctima del miedo y parece que actúa guiado por él. Finalmente, su vida queda destruida por el asesinato porque tiene que adoptar otra personalidad –la de Jacques Monard-, renunciar al amor, cargar con el remordimiento, temer continuamente por su seguridad…

Y los perros, que son el hilo conductor. El amor por los perros es lo único que tienen en común Liev Davidovich Trotski y su asesino, lo que más los humaniza, los borzois rusos.

Padura hace un recorrido espacial que parte de Rusia, sigue el exilio de Trotski por Noruega y México, visita España en plena guerra civil y termina en Cuba, la dolorosa realidad que padece Iván y que finalmente se derrumbará simbólicamente sobre él. Los republicanos españoles, los comunistas rusos y los cubanos ven morir las esperanzas en un cambio revolucionario que renueve al ser humano. Padura no ahorra críticas. Especialmente, las mujeres, Caridad y África –el gran amor de Mercader-, representan lo peor del espíritu revolucionario, la intransigencia, la obediencia ciega, la anteposición de las ideas a los sentimientos.

Aparte de la trama -reconocemos en este narrador al autor de las historias de Mario Conde, el detective-, que es absorbente e intrigante pese a los datos que a veces la lastran, la lengua de Padura es precisa, natural, conocedora de todos los registros. Es un vehículo, nunca resta protagonismo a la historia.

En conclusión, os recomiendo esta novela necesaria que consigue partir de los hechos concretos para elevarse a la universalidad, al conocimiento profundo del alma humana.

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