domingo, 1 de abril de 2012

El prefacio de Un viaje de novios es un excepcional documento por cuanto en contadas ocasiones el autor realiza una declaración de intenciones en su propia novela. Así, Emilia Pardo Bazán, doña Emilia, la autora gallega que a finales del s.XIX consiguió doblar la voluntad de sus compañeros y obtener la cátedra de Literatura española en la Universidad de Madrid, defiende un movimiento literario nacido en Francia y llevado por sus creadores, con Zola a la cabeza, a unos extremos indeseables para los escritores españoles: el Naturalismo. Le gusta a la Pardo Bazán la descripción detallada -dentro de un límite- y el realismo de las novelas modernas, pero prefiere adaptar el movimiento al tradicional realismo español, el de Cervantes y el Lazarillo: "La novela ha dejado de ser mero entretenimiento, modo de engañar gratamente unas cuantas horas, ascendiendo a estudio social, psicológico, histórico, pero al cabo estudio. Dedúcese de aquí una consecuencia que a muchos sorprenderá: a saber, que no son menos necesarias al novelista que las galas de la fantasía, la observación y el análisis".

En Un viaje de novios, la autora pone en práctica los principios defendidos en el prólogo. Los personajes, hijos de su tiempo y de sus principios morales, reflejan la sociedad de la época. "En el día -no es lícito dudarlo- la novela es traslado de la vida, y lo único que el autor pone en ella, es su modo peculiar de ver las cosas reales: bien como dos personas, refiriendo un mismo suceso cierto, lo hacen con distintas palabras y estilo". La novela presenta a una joven e inocente Lucía, casada sin amor para contentar a su padre con un hombre mayor de clase social superior a la suya y llevada por el azar a una situación inusual que le permite madurar y descubrir el amor. Miranda, el marido, representa al noble venido a menos que se casa por interés aun despreciando a su consorte y acaba mostrando su verdadero talante. El tercer vértice de este triángulo amoroso, ateo, descreído, pesimista irredento, puede sacar a Lucía del agujero que ella misma ha contribuido a cavar, pero los autores españoles -con alguna excepción como Clarín-, a diferencia de los franceses, no pueden desprenderse de una pesada losa con la que han de cargar las novelas realistas: la importancia de la religión. Así, Lucía, situada ante la difícil elección del amor o la obligación, debe escoger esta, la única posibilidad de salvar su alma.

Es verdad que este final es propio de la sociedad que se dibuja en la novela, pero en mi opinión la convierte en un producto obviamente edificante, justo lo que la autora rechaza en el prólogo. Por otra parte, la estructura no está equilibrada, parece como si la autora se desinteresara al final por lo que está escribiendo, quizá porque aún no posee la maestría que alcanzará en Los pazos de Ulloa. Con todo, es un libro recomendable, siempre que no olvidemos que las novelas decimonónicas tienen un ritmo y un lenguaje que revelan el tiempo que ha transcurrido hasta el día de hoy. 

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