viernes, 22 de abril de 2011

Daniel Pennac, Mal de escuela

Es este un libro inaudito: una especie de ensayo-autobiografía sobre la enseñanza escrito por un mal estudiante. Por eso me parece tan interesante, porque normalmente los sesudos pedagogos que escriben volúmenes tan sesudos como ellos y los profesores que no pueden entender el desinterés de sus alumnos han sido magníficos estudiantes. Pennac ofrece una serie de datos inestimables sobre su experiencia de zoquete y sobre sus veinticinco años de actividad docente en muy diversos centros de enseñanza: tanto institutos de la periferia parisina como exquisitos centros privados.
Voy a destacaros algunos puntos que me parecen interesantes si sois profesores, alumnos, padres, antiguos estudiantes, simplemente comentaristas de la actualidad escolar o exégetas del Informe Pissa:

  • Los profesores nos representamos una imagen ideal del alumno, el alumno colaborador y entusiasta que se deja enseñar sin dar problemas. "La idea de que es posible enseñar sin dificultades se debe a una representación etérea del alumno. La prudencia pedagógica debería representarnos al zoquete como al alumno más normal: el que justifica plenamente la función de profesor puesto que debemos enseñárselo `todo´, comenzando por la necesidad misma de aprender."
  • Los malos alumnos, alumnos fracasados, delincuentes de las aulas, etc. suponen un porcentaje mínimo del total de los alumnos, pero los medios de comunicación destacan las noticias referentes a ellos dando la sensación al resto de la sociedad de que nos hallamos ante un peligro terrible.
  • "Hoy en día existen en nuestro planeta cinco clases de niños: el niño cliente entre nosotros, el niño productor bajo otros cielos, así como el niño soldado, el niño prostituido y, en los paneles curvos del metro, el niño moribundo cuya imagen, periódicamente, proyecta sobre nuestro cansancio la mirada del hambre y del abandono. Son niños, los cinco. Instrumentalizados, los cinco."
  • Muchos de esos malos estudiantes carecen de confianza en sí mismos porque sus profesores y su familia les han estado repitiendo que no llegarán a nada, que tendrán una existencia sin porvenir. "Algunos chicos se persuaden muy pronto de que las cosas son así, y si no encuentran a nadie que los desengañe, como no pueden vivir sin pasión, desarrollan, a falta de algo mejor, la pasión del fracaso".
  • "El mal alumno nunca se vive como ignorante. Yo no me sentía ignorante, me sentía gilipollas, ¡y es muy distinto! El zoquete se vive como indigno, o como anormal, o como rebelde, o tal vez le importa un bledo, se vive como si supiera un montón de cosas distintas a las que pretendéis enseñarle, ¡pero no se vive como alguien que ignora lo que vosotros sabéis! Se harta muy pronto de vuestro saber (...) La ignorancia le parece su naturaleza profunda. No es un alumno de matemáticas, es una nulidad en matemáticas."
  • El pasotismo que exhibe algunas veces el mal estudiante o el desprecio por la materia pueden proceder de un sentimiento de humillación que a veces convierte en odio a los profesores y desprecio por los buenos alumnos.
  • El adolescente tiene una concepción del tiempo muy distinta a la de los mayores: "Hablarle del porvenir es pedirle que mida el infinito con un decímetro (...) Al escucharles no podía hacerme la menor representación del tiempo, sencillamente les creía: cretino para siempre jamás".
  • El temperamento del alumno es una variable importantísima en el éxito o fracaso escolar: "Cuando me encuentro a veces con un antiguo alumno que se declara feliz por las horas que pasó en mi clase, me digo que en ese mismo momento, por la otra acera, tal vez pase otro para quien yo fui el aguafiestas de turno."
  • Otra variable importante es el ritmo de madurez, que en cada alumno es diferente.
  • No se arregla nada sermoneando. "De esa desventura tantas veces repetida, conservo la convicción de que era preciso hablar con los alumnos en el único lenguaje de la materia que yo les enseñaba. ¿Miedo a la gramática? Hagamos gramática. ¿Falta de apetito por la literatura? ¡Leamos!". Se trata sobre todo de salvar al alumno, de sacarlo del círculo vicioso en el que se encuentra: "Acabar con el cero en ortografía, por ejemplo, es escapar del pensamiento mágico. Se rompe un maleficio".
  • El profesor tiene un importantísimo papel en el éxito o fracaso escolar. No debe caer en la tentación de culpar a otros: la falta de base, el escaso interés de los padres... Debe estar en la clase en cuerpo y alma, totalmente implicado: "La presencia de mis alumnos depende estrechamente de la mía; de mi presencia en la clase entera y en cada individuo en particular, de mi presencia también en mi materia, de mi presencia física, intelectual y mental, durante los cincuenta y cinco minutos que durará mi clase." El buen profesor, como sus antiguos tres o cuatro profesores que lo salvaron "tomaban en consideración tanto a sus buenos como a sus malos alumnos, y sabían reanimar en los segundos el deseo de comprender. Acompañaban paso a paso nuestros esfuerzos, se alegraban de nuestros progresos, no se impacientaban por nuestras lentitudes, nunca consideraban nuestros fracasos como una injuria personal y se mostraban con nosotros de una exigencia tanto más rigurosa cuanto estaba basada en la calidad, la constancia y la generosidad de su propio trabajo". Eran profesores muy distintos, pero todos tenían una característica común: "Jamás soltaban la presa (...) Esos profesores no compartían con nosotros solo su saber, sino el propio deseo de saber".
  • "El gran defecto de los profesores sería su incapacidad para imaginarse sin saber lo que saben. Sean cuales sean las dificultades que han debido superar para adquirirlos, en cuanto los adquieren sus conocimientos se les vuelven consustanciales, los perciben como si fueran evidencia (´¡Pero es evidente, vamos!´), y no pueden imaginar que sean por completo ajenos a quienes, en ese campo preciso, viven en estado de ignorancia."
  • Leer puede ser una tabla de salvación para muchos adolescentes. "Necesitaba un mundo propio, y fue el de los libros. En mi familia, yo había visto, sobre todo, leer a los demás: mi padre fumando su pipa en el sillón, bajo el cono de luz de una lámpara, pasando distraídamente el anular por la impecable raya de sus cabellos y con un libro abierto sobre las piernas cruzadas (...) Había bienestar en aquellas actitudes(...) Leyendo, me instalé físicamente en una felicidad que aún perdura."

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