miércoles, 9 de marzo de 2011

Eduardo Mendoza, Riña de gatos

c-cultural.com
A mí me gusta el Eduardo Mendoza de La ciudad de los prodigios, se llame esta ciudad Barcelona o, como en esta novela, Madrid. No es esta una obra tan acabada, tan redonda, como la que recorría su prodigiosa ciudad natal entre las dos exposiciones universales, pero  no anda muy distante. 
De nuevo, la Guerra Civil, aunque esta vez en sus preliminares y narrada de un modo muy distinto a todos los demás escritores, porque si algo tiene este autor es un estilo propio. Si comparamos con Almudena Grandes, que sigue muy fresca en mi memoria, sorprende el enfoque tan diferente que han adoptado: Grandes narra con la seriedad de la alumna aplicada que intenta comprender y para ello se ha recluido en la biblioteca; Mendoza novela desde arriba, desde la ironía y la distancia, presentando una corte de los milagros que se está convirtiendo en el escenario perfecto de una farsa, casi un esperpento. Y es que realmente la técnica del autor es muy valleinclanesca en lo deformante, porque la historia de España solo puede entenderse observándola en los espejos del callejón del Gato.
Quizá por ello elige un protagonista extranjero, ajeno a la realidad política, y además alelado, cada vez más por efecto del amor. Un personaje así se convierte en un pelele baqueteado por una multitud de personajes enloquecidos que entran y salen de la escena al estilo de las películas de Berlanga. En un enredo que integra muchos de los ingredientes característicos del género negro, vemos pulular por las calles de Madrid espías, policías de opereta, comunistas tiernos, falangistas puteros y pistoleros, generales de voz meliflua que luego llegarán a mantener sus dictaduras casi cuarenta años, militares irresolutos, prostitutas casi niñas, nobles medio desquiciados... pero todo ello es verosímil, por qué no, en la España del 36, presta a estallar por cualquiera de sus costuras.
Hasta el episodio amoroso es de sainete. Todo adquiere el tono que le imprime Mendoza, cercano a la comedia si no conociéramos lo que pasó unos meses más tarde. 
Lo mejor, como siempre, es el lenguaje. Y aquí Mendoza es un artista, un orfebre del registro coloquial, teñido muy apropiadamente de laísmo, pero también del lenguaje preciso -si acaso se le puede criticar que hay demasiados líquidos "restañados"- y de las figuras literarias empleadas siempre adecuadamente para introducirnos en un ambiente de Siglo de Oro -el de Velázquez, tan presente en esta novela. Un solo ejemplo, como muestra de ese uso coloquial que tan bien refleja Mendoza: "No sé qué decirla, señora. Una servidora solo sabe cosas sueltas. El señor inglés, cuando ha bebido de más o cuando está cachondo, con perdón de la palabra, siempre habla de un cuadro. Si hay relación o no la hay, servidora no lo sabe, pero se lo comento por si a la señora la sirve de referéndum."
Por último, una recomendación: tened cerca el ordenador para ver los cuadros de Velázquez que se van comentando. Esta novela es también un paseo pictórico.

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