Ir al contenido principal

Eduardo Mendoza, Riña de gatos

c-cultural.com
A mí me gusta el Eduardo Mendoza de La ciudad de los prodigios, se llame esta ciudad Barcelona o, como en esta novela, Madrid. No es esta una obra tan acabada, tan redonda, como la que recorría su prodigiosa ciudad natal entre las dos exposiciones universales, pero  no anda muy distante. 
De nuevo, la Guerra Civil, aunque esta vez en sus preliminares y narrada de un modo muy distinto a todos los demás escritores, porque si algo tiene este autor es un estilo propio. Si comparamos con Almudena Grandes, que sigue muy fresca en mi memoria, sorprende el enfoque tan diferente que han adoptado: Grandes narra con la seriedad de la alumna aplicada que intenta comprender y para ello se ha recluido en la biblioteca; Mendoza novela desde arriba, desde la ironía y la distancia, presentando una corte de los milagros que se está convirtiendo en el escenario perfecto de una farsa, casi un esperpento. Y es que realmente la técnica del autor es muy valleinclanesca en lo deformante, porque la historia de España solo puede entenderse observándola en los espejos del callejón del Gato.
Quizá por ello elige un protagonista extranjero, ajeno a la realidad política, y además alelado, cada vez más por efecto del amor. Un personaje así se convierte en un pelele baqueteado por una multitud de personajes enloquecidos que entran y salen de la escena al estilo de las películas de Berlanga. En un enredo que integra muchos de los ingredientes característicos del género negro, vemos pulular por las calles de Madrid espías, policías de opereta, comunistas tiernos, falangistas puteros y pistoleros, generales de voz meliflua que luego llegarán a mantener sus dictaduras casi cuarenta años, militares irresolutos, prostitutas casi niñas, nobles medio desquiciados... pero todo ello es verosímil, por qué no, en la España del 36, presta a estallar por cualquiera de sus costuras.
Hasta el episodio amoroso es de sainete. Todo adquiere el tono que le imprime Mendoza, cercano a la comedia si no conociéramos lo que pasó unos meses más tarde. 
Lo mejor, como siempre, es el lenguaje. Y aquí Mendoza es un artista, un orfebre del registro coloquial, teñido muy apropiadamente de laísmo, pero también del lenguaje preciso -si acaso se le puede criticar que hay demasiados líquidos "restañados"- y de las figuras literarias empleadas siempre adecuadamente para introducirnos en un ambiente de Siglo de Oro -el de Velázquez, tan presente en esta novela. Un solo ejemplo, como muestra de ese uso coloquial que tan bien refleja Mendoza: "No sé qué decirla, señora. Una servidora solo sabe cosas sueltas. El señor inglés, cuando ha bebido de más o cuando está cachondo, con perdón de la palabra, siempre habla de un cuadro. Si hay relación o no la hay, servidora no lo sabe, pero se lo comento por si a la señora la sirve de referéndum."
Por último, una recomendación: tened cerca el ordenador para ver los cuadros de Velázquez que se van comentando. Esta novela es también un paseo pictórico.

Comentarios

Entradas populares de este blog

"Vamos a ser felices", Luis Alberto de Cuenca

Vamos a ser felices un rato, vida mía, aunque no haya motivos para serlo, y el mundo sea un globo de gas letal, y nuestra historia una cutre película de brujas y vampiros. Felices porque sí, para que luego graben en nuestra sepultura la siguiente leyenda: "Aquí yacen los huesos de una mujer y un hombre que, no se sabe cómo, lograron ser felices diez minutos seguidos." (Por fuertes y fronteras).

Manuel Vicent, Aguirre el Magnífico

elpais.com He leído Aguirre el Magnífico porque pertenece a un subgénero que cada vez me gusta más, la biografía novelada. Y no me ha decepcionado. Vicent cumple con creces pues da cuenta de la novelesca vida de este personaje salido de los espejos deformantes del callejón del gato, según asegura el propio autor. No es que Vicent haga una descripción grotesca del personaje, es que los materiales que la historia de España más reciente y que el propio Aguirre proporcionan son en sí, al menos, pintorescos. Por lo demás, no creo que Vicent traicione a su amigo biografiado, aunque, eso sí, se cumple lo que le dijo el Rey en la recepción del comienzo de la obra, cuando Aguirre le presentó a Vicent como su “futuro biógrafo”:  "Coño, Jesús, pues como lo cuentes todo, vas aviado". No sé si cuenta todo, pero hay suficientes anécdotas, muestras de su aguda inteligencia, comentarios irónicos y malvados, puros cotilleos que permiten un acercamiento a la personalidad de este ser t...
“La democracia no consiste en que el pueblo sea contado, sino en que el pueblo cuente”. (Federico Mayor Zaragoza). Pincha aquí. Una reflexión esencial para nuestro tiempo